Antes de las masacres, antes que los genocidios, antes que iniciara la II Guerra Mundial, antes que las limpiezas étnicas en Europa, antes que los asesinatos de opositores políticos, antes que la matanza de periodistas, primero fueron los discursos de odio de los gobernantes.

Rene Cano – Actualidad Digital.Mx

El tema de los discursos de odio es profundamente relevante, especialmente en un mundo cada vez más interconectado donde la información se difunde a gran velocidad. Los discursos de odio no solo dañan a individuos, sino que también socavan la cohesión social, fomentando divisiones y conflictos. México no escapa de esta realidad, cuando tenemos casi 6 años de estar escuchando desde el poder político, discursos de odio y división de clases.

Todos ellos, para ocultar una evidente incapacidad para manejar la cosa pública y no entender, que se gobierna para todos los mexicanos, no sólo para un grupo político, que ellos denominan, “pueblo”, “su pueblo”, por no decir, porque no les conviene, las palabras correctas: sus seguidores, sus votantes, sus afiliados.  

Es claro, que no existen mexicanos de primera, segunda o tercera categoría. En México, cabemos todos. Y ningún iluminado tropical, ningún Mesías, puede pretender arrogarse facultades que no tiene, más aún con intenciones políticas claras de dividir a la sociedad mexicana. La libertad de expresión es un pilar fundamental de cualquier sociedad democrática, pero cuando se utiliza para propagar odio y violencia, se cruza una línea peligrosa.

Los discursos de odio tienden a deshumanizar a los grupos o individuos a los que atacan, creando un ambiente donde la discriminación y la violencia pueden florecer. Y este es el ambiente que hoy se vive en México.  

Este país se ha convertido en uno de los peligrosos del mundo, para ejercer el periodismo, la lista de fallecidos crece cada día. La mordaza gubernamental a los medios es asfixiante. El pecado cometido por los periodistas es el de informar la verdad de los hechos, es desnudar la corrupción, el cinismo y el descaro de los gobernantes. Así las cosas, es esencial abordar este problema desde múltiples frentes: a nivel legal, para establecer límites claros; a nivel educativo, para promover una cultura de respeto y tolerancia; y a nivel social, para crear espacios donde prevalezcan el diálogo y la comprensión.

La responsabilidad no recae solo en las autoridades, sino en la sociedad como un todo. Denunciar, contrarrestar, combatir y no dar cabida al odio son acciones necesarias para proteger el tejido social. En el México actual, esta es una realidad urgente. El desafío es encontrar un equilibrio entre proteger la libertad de expresión y prevenir la propagación del odio.

Sin embargo, es un reto que debe ser asumido con firmeza, porque están en juego, no poca cosa. Están en juego, los valores fundamentales de respeto, igualdad y dignidad humana de todos los mexicanos.

Que no olvide entonces, la clase política gobernante, “que cuando se siembran vientos, se cosechan tempestades.”  

Pequeño detalle para tener presente. 

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