Hoy, México cuenta con una nueva inquilina en Palacio Nacional. Con usted como la primera presidenta de México, la historia ha cambiado de rumbo. Junto a su llegada, una nueva generación de funcionarios públicos, emanados de su partido MORENA, ha asumido el mando de las diversas secretarías y puestos clave en el gobierno.
Ante este escenario, quiero recordar una característica esencial del poder político: su temporalidad. Esto, lamentablemente, es algo que muchos de los que alcanzan el poder tienden a olvidar. Embriagados por los vítores efímeros de una campaña, a menudo se pierde de vista una verdad inexorable:
“Todo lo que sube, tiene que bajar.”
Al término de cada sexenio, somos testigos de cómo unos descienden de la escalera del éxito, mientras otros ascienden. Los que suben, lo hacen con sonrisas y abrazos, entre adulaciones y aplausos que, en muchas ocasiones, son más de compromiso que de convicción. En contraste, los que bajan suelen hacerlo en silencio, cabizbajos, convertidos en sombras de lo que alguna vez fueron, olvidados por la multitud que alguna vez los aclamó.
El poder es, para quienes no tienen el espíritu fortalecido, una droga peligrosa. Muchos han llegado a él aclamados, solo para terminar sus días en soledad, olvidados, señalados por los mismos que en su momento los alabaron. Tal es el caso de su antecesor, cuyo destino pronto será el del olvido y desprecio.
Es imperativo entender que el poder político es un gran honor, pero también una responsabilidad monumental. El pueblo ha confiado en usted, pero esa confianza no es eterna.
En política, no existen sorpresas, solo sorprendidos.
Además de eso, no hay que olvidar que el poder político, esconde en sus pliegos, la serpiente de la destrucción que asoma sus colmillos en la lisonja de los aduladores que nos transporta a mundos ficticios; y como consecuencia de ello, llegamos a sentirnos el eje de la creación, cuando no somos más que un puñado de tierra que viaja con piel de hombre por el mundo y a través de una existencia finita.
El poder tiene una capacidad casi mágica de nublar el juicio. La adulación de los cortesanos y las falsas promesas de inmortalidad política transforman a las personas, haciéndolas olvidar que somos simples mortales. No somos más que polvo viajando por este mundo finito. Esa verdad, presidenta, es una que jamás debe olvidar.
Recuerde siempre que el poder es prestado, un estandarte temporal que le ha sido confiado por el pueblo para servirles. Este mandato no es para beneficiar a los poderosos, aquellos con cuentas en dólares y apartamentos en paraísos fiscales. No. El poder se ejerce para quienes más lo necesitan: los olvidados, los marginados, los que luchan día a día por sobrevivir en una nación que, a menudo, les ha dado la espalda.
Algunos, al asumir el poder, se ven como señores feudales de la Edad Media, erigiéndose por encima de las vidas, las conciencias y los sueños de sus ciudadanos. Se vuelven impermeables a la crítica y, lo que es peor, desprecian los consejos sinceros. Estos líderes manipulan la verdad, recurriendo a eufemismos y falsedades, refugiándose en discursos dobles y retorcidos. La tribuna política se convierte en una plataforma de odio y división, donde el populismo, la arrogancia y la falta de transparencia se vuelven moneda corriente.
Es importante recordar que el poder político, aunque efímero, puede ser destructivo si no se maneja con responsabilidad. Muchos líderes comienzan sus mandatos con promesas de redención, solo para terminar traicionando la confianza que se les ha conferido.
La función pública, presidenta, no es un privilegio personal. Es un acto de sacrificio. Implica renunciar a la popularidad, al sosiego, y en muchos casos, a la acumulación de riquezas. La verdadera política es servicio: es el compromiso de mejorar la vida de los ciudadanos, no de perpetuar el estatus de los poderosos.

Cuando elija a su equipo de trabajo, debe asegurarse de que cumplan con ciertas virtudes: capacidad intelectual, disposición para el diálogo, prudencia, honradez a prueba de fuego, carácter firme y equilibrio mental. Estas cualidades son indispensables para aquellos que deseen dirigir un país como México, un país que necesita reconciliación, unidad y trabajo conjunto para sanar las heridas profundas de una sociedad dividida.
Hay un grupo, presidenta; que no podemos olvidar porque siempre están presentes: el de los desesperados por un cargo público. Y el cargo para estos, no puede ser cualquiera. Tiene que ser a la medida de su vanidad. Veremos, si como roncan duermen y si es cierto su “amor a la patria y desprendimiento por los demás”, que proclamaron en campaña.
Este grupo despierta una terrible, preocupante, molesta y permanente sospecha con relación a sus verdaderas intenciones.
Todos, sin embargo, deberían ser conscientes de la realidad política nacional y de lo que espera todo un país de ellos, porque quien de verdad anhela hacer obra fecunda y permanente a favor de la Patria, debe de estar dispuesto al sacrificio. Debe de entender que la función pública es esencialmente, un acto de servicio, de entrega, de solidaridad.
México no necesita más líderes que imiten a caudillos de otras latitudes. No necesitamos a nuevos Mesías tropicales, ni a dioses con pies de barro cubiertos por la corrupción. México necesita justicia, equidad, y sobre todo, unidad.
Al final, será el juicio de la historia el que determinará si usted y su gobierno merecen un lugar de honor o el oscuro olvido reservado para aquellos que traicionaron la confianza del pueblo. No lo olvide: todo lo que sube, tiene que bajar.
El pueblo mexicano – pero me refiero al todo el pueblo de México, no a los seguidores de MORENA, a esos que ustedes llaman «pueblo», ya que pueblo somos todos, no sólo los intregantes de un partido politico – desde el puerto de la esperanza, observa con paciencia y confianza el rumbo que tomará este barco llamado México. En sus manos, presidenta, queda la responsabilidad de guiarlo a buen puerto, de lograr que la travesía sea provechosa para todos, no solo para unos pocos.
Por el bien de todos. Por el bien de México.

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