*Con el fin del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, desde aquel 1 de diciembre de 2018 hasta la fecha, México entra en una nueva era. El periodo que concluyó ha sido, sin duda, uno de los más mediatizados y polarizados en la historia reciente del país.
Las mil 438 conferencias matutinas — conocidas como “mañaneras”—, con una duración promedio de más de dos horas cada una, se convirtieron en un pilar de la comunicación gubernamental, redefiniendo la relación entre el Ejecutivo y la ciudadanía.
Millones de seguidores sintonizaban su canal de YouTube para presenciar su discurso, lo que permitió a López Obrador controlar y definir la agenda pública como ningún otro presidente en la historia. Este sexenio no solo se caracterizó por su hipercomunicación, sino también por la polarización política y social que generó.
En medio de su lema «abrazos, no balazos», la violencia en el país alcanzó cifras alarmantes, con más de 200 mil muertes violentas, un número que quedará grabado en la memoria de las víctimas y sus familias.
La inseguridad, junto con el desabasto de medicamentos, especialmente para enfermedades graves como el cáncer, y la crisis sanitaria durante la pandemia de COVID-19, marcaron los puntos más oscuros de su administración.
A pesar de estos desafíos, muchos mexicanos no parecieron reflejar su descontento en las urnas.
En lugar de un enfoque en estos graves problemas, la narrativa pública giró en torno a las controversias y enfrentamientos personales del presidente con figuras nacionales e internacionales, así como sus frases impactantes que se convirtieron en titulares mediáticos y en tendencia en redes sociales.
Un liderazgo omnipresente
Los 2,130 días de López Obrador en la presidencia, sin duda, marcaron a México. Sin embargo, para muchos, la presencia de AMLO en la vida pública ha sido mucho más larga. Desde su periodo como jefe de Gobierno en la Ciudad de México hasta sus tres campañas presidenciales, López Obrador ha sido una figura constante desde inicios del siglo XXI. Esto ha creado una sensación de omnipresencia, como si su figura estuviera indisolublemente ligada a la política mexicana contemporánea.

Para sus simpatizantes, López Obrador será recordado como el líder que enfrentó a las élites corruptas y buscó devolverle el poder al pueblo.
En contraste, sus detractores lo verán como el presidente que desperdició oportunidades históricas para modernizar y fortalecer al país, sumiendo a México en una mayor desigualdad y violencia.
Ambas perspectivas, aunque extremas, son reflejo de la profunda polarización que su figura dejó en el país.
Los retos de su sucesora
Con su partida, López Obrador deja una carga considerable sobre los hombros de su sucesora, Claudia Sheinbaum. Hereda un país dividido, con enormes retos en el terreno legislativo, judicial y en las relaciones exteriores. Además, Sheinbaum deberá lidiar con las inevitables comparaciones con su antecesor, quien, por mucho tiempo, monopolizó el debate público. Durante los primeros meses, su gobierno estará bajo un intenso escrutinio, enfrentando las expectativas tanto de quienes esperan una continuidad como de quienes desean un cambio drástico.
El legado polarizado
El legado de López Obrador será objeto de debate por generaciones. Por un lado, estarán quienes lo extrañen, especialmente aquellos que se beneficiaron de su gestión, incluidos algunos sectores favorecidos por políticas populistas y otros que, a su sombra, acumularon poder y riqueza.
Por otro lado, millones lo recordarán con amargura: las madres buscadoras que siguen buscando justicia para sus hijos desaparecidos, las familias que sufrieron la falta de atención durante la pandemia, los niños con cáncer que padecieron el desabasto de medicamentos, los periodistas que enfrentaron un entorno cada vez más peligroso, y las víctimas de la violencia criminal que no encontraron consuelo ni respuesta en el gobierno.
López Obrador será recordado, además, como el presidente que, a pesar de tener una plataforma única para transformar México, permitió que su ego y su necesidad de estar en el centro de la atención dominaran sus decisiones. En lugar de unir, sembró división; en lugar de avanzar, muchos sienten que el país retrocedió.
Un capítulo cerrado, un futuro incierto
Con su salida, México tiene la oportunidad de abrir un nuevo capítulo. Sin embargo, las heridas que dejó su mandato seguirán presentes en el tejido social del país. Para bien o para mal, López Obrador deja una marca indeleble en la historia política de México. La gran pregunta ahora es cómo su sucesora y el resto de los actores políticos gestionarán el país que él dejó, con sus oportunidades y desafíos.
Finalmente, el México post-AMLO enfrenta una disyuntiva crucial: aprender de los errores del pasado o repetirlos, seguir polarizado o encontrar caminos de reconciliación. Solo el tiempo dirá si el país será capaz de superar este capítulo con mayor unidad y visión de futuro.

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