El asesinato del sacerdote tzotzil Marcelo Pérez Pérez en San Cristóbal de las Casas no es solo una tragedia local; es una muestra más de cómo la violencia ha penetrado hasta los rincones más pacíficos del país, especialmente el sur de México. Lo que antes era una región conocida por su calma relativa, con comunidades indígenas que vivían en armonía, hoy está bajo el yugo del narcotráfico y el crimen organizado. Y lo más alarmante: este fenómeno es el resultado de una política fallida, incoherente y peligrosa de seguridad encabezada por el expresidente Andrés Manuel López Obrador bajo el lema de «abrazos, no balazos».

La paz rota por el crimen organizado

Chiapas, una de las regiones más culturalmente ricas y tradicionalmente pacíficas, ha caído víctima de una ola de violencia que antes parecía impensable.

El asesinato del padre Marcelo es solo un ejemplo más de cómo el narcotráfico y las organizaciones criminales han extendido su control sobre el sur del país, una zona que en otro tiempo había logrado mantenerse al margen de las guerras del narco que devastaban otros estados como Michoacán, Sinaloa o Tamaulipas.

La política de «abrazos, no balazos» de López Obrador demostro ser insuficiente, cuando no contraproducente. En lugar de enfrentar a los carteles con firmeza, su gobierno aposto por una postura que privilegia la indulgencia y el diálogo con criminales, una estrategia que no ha hecho más que envalentonar a los grupos delictivos. Ahora, Chiapas es parte de un paisaje de violencia diaria, y comunidades enteras, como las que defendía el padre Marcelo, se ven atrapadas entre la corrupción, el crimen y un gobierno que parece incapaz de reaccionar.

La violencia: una herencia que Claudia Sheinbaum no podrá esquivar

El asesinato del padre Marcelo también simboliza un sombrío presagio para el futuro de México bajo el liderazgo de la actual presidenta, Claudia Sheinbaum. Aunque el actual gobierno ha repetido una y otra vez que la violencia está disminuyendo, la realidad en el terreno pinta una imagen completamente diferente. El sur de México, que alguna vez fue un bastión de paz, ahora está en llamas, y es muy poco probable que Sheinbaum, la sucesora de López Obrador, haga algo para cambiar este curso destructivo.

El crimen organizado se ha infiltrado en cada aspecto de la vida cotidiana en Chiapas, desde las comunidades indígenas hasta los centros urbanos. Los cárteles operan con impunidad, aprovechando la debilidad del gobierno local y federal. A pesar de las advertencias de figuras como el padre Marcelo, quien incansablemente denunció el avance del crimen y abogó por la paz, sus palabras cayeron en oídos sordos. La violencia continúa avanzando, y con ella, el tejido social de Chiapas y del sur de México se desmorona.

La hipocresía de un gobierno que abandona a los más vulnerables

El caso del padre Marcelo Pérez Pérez es, además, un ejemplo de la hipocresía del gobierno. Aunque fue protegido por medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), el mismo gobierno que se suponía debía resguardar su seguridad también emitió una orden de aprehensión en su contra. Este doble estándar es un reflejo de la falta de coherencia en la política de seguridad de México. ¿Cómo puede un gobierno proteger a una persona mientras simultáneamente la persigue?

El padre Marcelo fue un hombre que luchó contra la violencia y la injusticia, pero sus esfuerzos fueron ignorados. Incluso cuando las amenazas contra su vida se intensificaron, las autoridades no hicieron lo suficiente para protegerlo. Ahora, tras su asesinato, el gobierno de Chiapas promete justicia, pero estas promesas suenan vacías en un país donde la impunidad reina y donde la violencia sigue cobrando víctimas inocentes.

El sur de México: una nueva frontera del narcotráfico

La expansión del crimen organizado en el sur de México no es un fenómeno aislado. Es el resultado de años de inacción y de políticas fallidas que han permitido que los cárteles establezcan bases de operación en zonas que antes eran pacíficas. Chiapas, con su cercanía a la frontera con Guatemala, es ahora un punto estratégico para el tráfico de drogas y de personas. El vacío de poder en la región ha sido llenado por grupos criminales que imponen su ley a sangre y fuego.

El asesinato del padre Marcelo simboliza el colapso de la ley y el orden en una región que ha sido abandonada por el gobierno. La violencia que antes parecía lejana ahora es parte de la vida cotidiana en Chiapas. ¿Qué hará el gobierno federal?

Hasta ahora, la respuesta ha sido débil e ineficaz. Y con la llegada de Claudia Sheinbaum al poder, no parece que vaya a haber un cambio significativo en la estrategia de seguridad. El sur de México está solo, y los más vulnerables, como el padre Marcelo y las comunidades que defendía, son los que sufren las consecuencias.

Una cita para la reflexión: la responsabilidad de los poderosos

Ante esta tragedia, las palabras del profeta Ezequiel resuenan con una profunda relevancia: “Así ha dicho el Señor Dios: ‘He aquí que yo estoy contra los pastores, y demandaré mis ovejas de su mano; y haré que dejen de apacentar las ovejas, ni los pastores se apacentarán más a sí mismos; pues yo libraré mis ovejas de sus bocas, y no les serán más por comida’” (Ezequiel 34:10). Esta cita refleja la responsabilidad que tienen los líderes de cuidar y proteger a su pueblo. El gobierno mexicano ha fallado en esta tarea. Al no actuar con firmeza contra el crimen organizado, ha dejado a sus ciudadanos a merced de los lobos.

El futuro incierto de Chiapas y el sur de México

El asesinato del sacerdote Marcelo Pérez Pérez es una señal alarmante de que el sur de México ha caído en manos del crimen organizado. La política de “abrazos, no balazos” ha fracasado, y ahora es evidente que se necesita una nueva estrategia que enfrente con seriedad la crisis de violencia en el país. Sin embargo, bajo el gobierno actual no parece haber indicios de que algo cambiará. Mientras tanto, las campanas que doblaron por el padre Marcelo son un sombrío recordatorio de que la violencia ha llegado para quedarse, y que el precio lo pagarán, como siempre, los más indefensos.

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