La Semana Santa, para muchos, se ha convertido en sinónimo de vacaciones, fiesta, playa, selfies, licor… y likes. Para otros, solo representa la muerte de un buen hombre. Pero quienes conocen verdaderamente a Jesús, entienden que más allá del dolor de la cruz, se celebra el mayor acto de amor jamás conocido: la Resurrección y su significado transformador para nuestras vidas.
Por: Fannyer Quirós Lanuza de Cano – Coeditora y directora de Recursos Humanos en Actualidad Digital.Mx
Y esa es la gran verdad que se nos escapa en medio del ruido moderno.
No es dejar de comer carne. Es dejar de comer orgullo, vanidad y soberbia. No es llenar la mesa de pescado, sino vaciar el corazón de resentimientos. No es ir a una iglesia por tradición. Es permitir que tu fe se note en el trato diario, en el respeto al otro, en la forma en que construyes paz.
No es jugar a ser santo o santa, ni aparentar espiritualidad en redes sociales mientras se vive con frialdad o hipocresía. Es vivir, con humildad, el ser verdaderamente hijos de Dios.
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” (Mateo 15:8)
¿Tú has visto cómo ciertas estrellas cambian su luz por la noche? ¿Has notado un arcoíris desplazarse sobre una burbuja? ¿Te has detenido a ver un amanecer pintado por la mano de Dios? ¿Has escuchado el trino de los pájaros, el correr del río, el sonido del mar acariciando la orilla?
Todo eso habla de Dios. Pero hemos aprendido a ignorarlo. Nos hemos vuelto expertos en aparentar, pero torpes para vivir con profundidad.
Y entonces nos abstenemos de comer carne, pero no nos hablamos con quienes viven bajo nuestro mismo techo. Subimos frases bíblicas, pero vivimos con doble moral. Llevamos crucifijos al cuello, pero el corazón lleno de ira.
La cruz no es un accesorio. Es un camino. Una vida.
Jesús no dijo «te amo» con palabras. Lo dijo con clavos.
Quien conoce verdaderamente a Cristo, sabe que el sacrificio no se grita. Se vive. Se encarna. Se vuelve gesto silencioso de amor verdadero. Por eso, la Semana Santa no es para aparentar sacrificios. Es para vivirlos.

En esta semana sagrada, hay preguntas que merecen hacerse en silencio:
¿Qué estoy cargando que ya no me corresponde?
¿A quién debo perdonar en silencio para liberar mi alma?
¿Estoy en paz con mi conciencia o solo con mi reputación?
¿Vivo como quien ama o como quien sobrevive?
¿Mi fe es coherente o decorativa?
La fe no se presume. Se práctica. Se nota. Se siente. Se agradece.
Porque el amor de Dios no necesita publicidad. Solo necesita espacio en tu corazón.
Y si vas a recordar la cruz, recuerda también lo que ella exige: vivir con humildad, perdonar sin rencores, amar sin condiciones, caminar sin soberbia. Ser testimonio, no solo discurso.
Que esta Semana Santa sea más que un calendario. Que sea una decisión. No por lo que dejas de comer. Sino por cómo eliges vivir.
Porque al final, Dios no pesa tu dieta. Pesa tu alma.

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