Costa Rica está atravesada, una vez más, por la fuerza invisible de la Zona de Convergencia Intertropical. Ese cinturón de nubes y tormentas que rodea la Tierra cerca del Ecuador se convierte, en este país centroamericano, en un recordatorio vivo de lo que significa convivir con la naturaleza.
Esta semana – del 18 al 24 de agosto del 2025 – la historia se repite: mañanas soleadas, cálidas y hasta engañosas, que por la tarde se transforman en aguaceros y tormentas eléctricas. La rutina climática parece escrita en piedra, pero en realidad es una coreografía que cambia constantemente, que nunca se repite exactamente igual.
El doble rostro de la estación lluviosa
Por las mañanas, el cielo ofrece calma: nubosidad parcial, calor que empuja la vida cotidiana y permite a agricultores, estudiantes y trabajadores salir a cumplir con sus deberes. Pero al caer la tarde, la realidad cambia. En el Pacífico Central y Sur, las lluvias se desatan con más fuerza; en el Valle Central y Zona Norte, las tormentas se presentan como visitantes inevitables; y en el Caribe, las montañas reciben descargas que parecen recordar la fragilidad humana frente al poder de la naturaleza.

La tarde costarricense en estación lluviosa es un espejo: nos muestra que lo que construimos bajo la luz del sol puede ser puesto a prueba por el agua en cuestión de minutos.
Una advertencia que no debemos ignorar
El pronóstico no solo anuncia lluvias. También habla de riesgos:
1.- Inundaciones repentinas en la Gran Área Metropolitana.
2.- Tormentas eléctricas con ráfagas de viento que pueden alcanzar hasta 80 km/h.
3.- Crecidas de ríos y quebradas en zonas rurales.
Son advertencias que, lamentablemente, muchos toman como rutina. Pero aquí hay una lección: acostumbrarnos al riesgo no significa que el riesgo desaparezca. Al contrario, cada tormenta es una invitación a la prudencia, a fortalecer nuestros sistemas de drenaje, a respetar los cauces de ríos y a no subestimar lo que la naturaleza puede hacer.
Más que meteorología, una lección de vida
El clima no es solo un dato técnico ni un pronóstico que escuchamos para decidir si llevamos paraguas. Es una metáfora de la vida.
Así como en política hay mañanas soleadas que prometen calma y tardes tempestuosas que nos recuerdan los límites del poder, en la naturaleza las transiciones son inevitables. La ZCIT nos enseña que lo importante no es negar el cambio, sino prepararnos para él.
En Costa Rica, donde cada gota de lluvia alimenta ríos, represas y campos, debemos ver el clima como un aliado que nos advierte y nos disciplina. No como un enemigo.
En conclusión: los cambios del clima son, también, cambios de la vida. La naturaleza nos habla a diario, con el lenguaje de las nubes y los rayos, de las corrientes y las brisas. Escucharla, comprenderla y respetarla es la primera tarea de una nación que quiera permanecer en equilibrio con su entorno.

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