No cabe duda: la relación entre México y Estados Unidos parece – hoy por hoy – un hámster corriendo sin descanso en su rueda junto a un canasto de mimbre, sin moverse un solo centímetro hacia adelante y por más agua que se le caiga, nunca se llena.
Pese a los esfuerzos del gobierno mexicano por evitar una guerra de declaraciones y contener el vandalismo diplomático de Donald Trump, la verdad es que seguimos atrapados en una dinámica desgastante y desigual.
La presidenta mexicana ha mantenido una postura firme y prudente.
No ha respondido con estridencia, ha apostado al diálogo, ha enviado a su secretario de Economía a Washington en múltiples ocasiones. Pero los resultados son escasos y los aranceles, en cambio, abundan.
Aunque México ha sorteado algunas balas – a diferencia de Brasil, que recibió aranceles del 50% por decisiones políticas de Trump en defensa de su aliado Bolsonaro – la realidad es que nuestras exportaciones siguen bajo ataque. El tomate perdió su acuerdo de suspensión arancelaria y ahora paga 17.9% para ingresar a Estados Unidos. La exportación de ganado ha sido bloqueada en la frontera. Y el cobre, uno de nuestros productos estratégicos, también enfrenta nuevos gravámenes, justo cuando México es el cuarto mayor proveedor de este metal para el mercado estadounidense.
El golpe más reciente es una oleada arancelaria vinculada con el tema del fentanilo. Aunque hay señales de que se mantiene una exención para productos mexicanos que cumplen con las reglas de origen del T-MEC, la incertidumbre reina. No está claro qué sucederá en 90 dias, fecha límite para evitar la imposición de aranceles.
Más allá de los números y las mercancías, lo realmente preocupante es la estrategia: el gobierno mexicano está negociando con Washington un “acuerdo integral” que incluye comercio, migración, narcotráfico y seguridad. Y eso, históricamente, es un error.
Durante décadas, ambos países entendieron que mezclar temas sensibles era una receta para el desastre. Si había diferencias comerciales, se resolvían en su carril. Si se discutía sobre seguridad o agua del río Colorado, se hacía en su espacio correspondiente. Esa compartimentación fue un acuerdo no escrito que protegía a México de su evidente desventaja en poder y presión.
Pero Trump rompió ese equilibrio desde 2016. Y ha aprendido que cada vez que toca la campanita arancelaria, México responde: cede, negocia, entrega algo… aunque el tema original nada tenga que ver con comercio. Es una dinámica pavloviana que el expresidente ha explotado con cinismo y eficacia.
Hoy, al aceptar una negociación integral, México valida esa peligrosa vinculación temática.
Y con ello abre la puerta a que cualquier presidente estadounidense – Trump u otro – use su fuerza comercial como palanca para imponer su agenda en temas migratorios, energéticos o de seguridad.

Es un paso atrás en nuestra diplomacia. Es, de facto, entregar nuestras cartas antes de sentarnos a la mesa. Y es, sobre todo, una advertencia para lo que podría venir: un T-MEC anticipadamente renegociado, con condiciones aún más duras para México.
Hay que estar atentos.
Porque lo que está en juego no es solo un acuerdo comercial. Es la dignidad, la soberanía y la capacidad de México para defender sus intereses sin doblar las manos.

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