Vivimos en una era gobernada por cifras. Cuentas que presumen millones de seguidores, videos que dicen ser virales, páginas que muestran números inflados como trofeos. Pero detrás de esos números brillantes, cuando se rasca un poco, aparece la verdad: mucho humo, poca sustancia.
Hay medios de comunicación que aseguran tener 300 mil o 500 mil seguidores… y cada publicación apenas araña los 5 o 10 likes. Ningún comentario, ninguna interacción real. Entonces, ¿dónde están esos cientos de miles de seguidores? La respuesta es brutal: no existen. Son perfiles comprados, granjas digitales que por pocos dólares fabrican la ilusión de la fama. No leen, no consumen, no opinan. Solo engordan el ego de quien los paga.
Ese es el «modelo de éxito» que algunos han adoptado: inflar números aunque el contenido esté vacío. Una vitrina maquillada para parecer grandes, mientras en el fondo la credibilidad se les desangra.
Algoritmos que premian lo banal
El problema no se queda en la vanidad digital: son las propias plataformas las que se han convertido en jueces caprichosos. Facebook, Instagram o TikTok te invitan a pautar un video – ellos mismos lo recomiendan -, pero cuando pagas la campaña, de pronto lo bloquean alegando que “viola las normas de la comunidad”. ¿Cómo puede ser? El mismo video que sugieren promocionar es, al mismo tiempo, el que condenan. Una contradicción absurda, casi esquizoide. No hay explicación, no hay rostro humano que responda, solo el dictamen frío e inflexible de un algoritmo. Y mientras tanto, los contenidos vacíos, eróticos o violentos circulan sin freno… y hasta reciben un empuje extra.
Ahí nadie viola, «las normas de la comunidad». La balanza está rota.
En Instagram vemos mujeres con 600 mil seguidores y apenas cinco fotos. En TikTok, cuentas vacías suman miles de vistas solo por seguir modas superficiales. ¿El resultado? Un sistema que premia la piel y el playback, pero castiga el análisis, la crítica social o la denuncia política. No es “poca visibilidad”: es censura encubierta.
La trampa de la “influencia”
Hoy cualquiera se autoproclama “creador de contenido”. No importa si vive en piso de tierra o con fogón a la par: con tal de mover las caderas, ya es influencer. Y muchos aplauden eso como si fuera mérito, sin preguntarse qué valor aporta. Se nos vende la ilusión de que la popularidad equivale a relevancia, cuando en realidad es la dictadura de la banalidad.
Facebook, Instagram o TikTok te invitan a pautar un video – ellos mismos lo recomiendan – pero cuando pagas la campaña, de pronto lo bloquean alegando que “viola las normas de la comunidad”. ¿Cómo puede ser? El mismo video que sugieren promocionar es, al mismo tiempo, el que condenan. Una contradicción absurda, casi esquizoide. No hay explicación, no hay rostro humano que responda, solo el dictamen frío e inflexible de un algoritmo.

Lo que hacemos distinto
En Actualidad Digital.Mx hemos decidido otra ruta. No compramos seguidores, no inflamos cifras. Apostamos al periodismo con raíz, a la voz que incomoda, al contenido que siembra conciencia. Sabemos que eso puede costar likes, puede incomodar a los anunciantes fáciles y puede chocar con el algoritmo. Pero también sabemos que lo verdadero, aunque crezca lento, crece firme.
Porque no todo lo viral es verdad, ni todo lo silencioso está muerto. A veces, lo que importa se cocina a fuego lento. Y otras veces, se sostiene con dignidad aunque no lo aplaudan las masas.
Una reflexión necesaria
No estamos descubriendo nada nuevo. Solo diciendo lo que muchos piensan y pocos se atreven a escribir: las redes están llenas de mentiras premiadas y de verdades castigadas.
Pero aquí seguimos. Con los pies sobre la tierra, con la conciencia clara y con la convicción de que el periodismo auténtico no se mide en corazones digitales, sino en la huella que deja en la sociedad.
Actualidad Digital.Mx: contenido que informa, conciencia que no calla.

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