*El momento que atraviesa el sistema internacional no es una tormenta inesperada ni una anomalía pasajera. Es el resultado acumulado de decisiones erráticas, de una conducción del poder basada más en impulsos que en estrategia, y de una peligrosa confusión entre fuerza y liderazgo. El caos no llegó solo: fue provocado.

Durante décadas, el orden internacional – imperfecto, desigual, pero funcional – se sostuvo sobre una premisa básica: las reglas podían ser discutidas, pero no ignoradas; las alianzas podían tensarse, pero no despreciarse; y el poder, aun cuando se ejercía con dureza, debía ser previsible. Hoy, esa arquitectura cruje porque la potencia que fungía como eje dejó de comportarse como tal.

Lo que observamos no es el ascenso de un nuevo orden, sino la erosión del existente. Y esa erosión tiene responsables claros.

Primer error estratégico: confundir intimidación con liderazgo

El liderazgo internacional no se construye con amenazas permanentes. La intimidación puede generar obediencia momentánea, pero jamás produce estabilidad duradera. De hecho, suele provocar el efecto contrario: acelera la desconfianza, incentiva alianzas defensivas y empuja a los actores a buscar salidas autónomas. Una potencia que gobierna desde la amenaza constante transmite un mensaje inquietante: que las reglas pueden cambiar según el estado de ánimo del líder. Eso convierte al sistema en un campo minado. Nadie invierte a largo plazo, nadie confía en compromisos duraderos y nadie se siente seguro.

“Mandar no es gritar más fuerte.” Mandar es reducir la incertidumbre.

Cuando la política exterior se basa en ultimátums públicos, advertencias improvisadas y demostraciones de fuerza sin horizonte claro, el poder pierde elegancia y, con ella, efectividad. El miedo no sustituye a la legitimidad; solo la posterga.

Segundo error estratégico: sacrificar a los aliados en nombre de la fuerza

El poder estadounidense nunca fue un poder solitario. Su verdadera fortaleza residía en la coordinación de alianzas: OTAN, socios asiáticos, acuerdos comerciales, estándares financieros y tecnológicos, redes diplomáticas y consensos multilaterales. Ese entramado transformaba la fuerza en legitimidad. Convertía el músculo en influencia. Y, sobre todo, hacía del liderazgo algo compartido. Cuando una potencia comienza a tratar a sus aliados como obstáculos, como piezas intercambiables o como simples subordinados, erosiona su mayor activo: la confianza.

“Sin aliados, el poder se vuelve pesado.” Y lo pesado, tarde o temprano, se hunde.

Hoy vemos señales claras de ese desgaste: Europa recalcula, Asia diversifica, América Latina se fragmenta. No porque Estados Unidos haya dejado de ser fuerte, sino porque dejó de ser confiable. Y en geopolítica, la desconfianza es una grieta que no se cierra con discursos.

Tercer error estratégico: gobernar el mundo como si fuera un espectáculo

La política internacional no es un escenario para golpes de efecto diarios. No admite giros dramáticos constantes ni decisiones pensadas para el impacto mediático inmediato. Cada palabra, cada amenaza, cada gesto tiene consecuencias acumulativas. El error más grave del momento actual es convertir la diplomacia en ruido. Cuando todo es urgente, nada es estratégico. Cuando todo es provocación, no hay dirección.

“El caos puede dominar titulares.” Pero jamás construye orden.

Las potencias que perduran no son las que sorprenden cada mañana, sino las que sostienen una línea incluso cuando la tentación del espectáculo es fuerte. Gobernar desde la improvisación puede parecer audaz, pero suele esconder una profunda debilidad estructural.

El efecto dominó: cuando la incertidumbre se vuelve global

Cuando la superpotencia deja de producir certidumbre, el sistema entero se descompensa. Los mercados se cubren, las alianzas se tensan, los conflictos regionales se agravan y los actores autoritarios encuentran espacios para avanzar.

China aprovecha el vacío ofreciendo previsibilidad. Rusia capitaliza la división occidental. Regímenes autoritarios ganan margen bajo el argumento del orden frente al caos existente.

El problema no es solo lo que hace la potencia dominante, sino lo que deja de hacer: arbitrar, coordinar, contener.

El precio de abandonar las reglas

El mundo no es hoy más peligroso porque haya demasiados actores fuertes, sino porque falta un eje confiable. Cuando quien debía garantizar estabilidad se convierte en productor de incertidumbre, el sistema entra en una fase de riesgo prolongado.

La historia es clara y severa en este punto: las grandes potencias no caen por ataque externo, sino por errores internos de conducción.

No estamos ante el colapso inmediato de un orden, pero sí ante su desgaste acelerado. Y mientras persistan estos errores – intimidar en lugar de liderar, aislar en lugar de coordinar, improvisar en lugar de planear – el tablero global seguirá desordenado.

En ajedrez, perder una pieza duele. Pero perder la posición… condena la partida. Y hoy, el mundo observa cómo la superpotencia ha descuidado la posición.

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