San José, Costa Rica. 1 de febrero 2026. ADMX – *Hoy domingo, Costa Rica celebra elecciones generales para elegir Presidencia, Vicepresidencias y los 57 diputados de la Asamblea Legislativa, en un proceso que se desarrolla bajo la supervisión del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) y que podría definirse en primera vuelta.

De acuerdo con la legislación electoral costarricense, un candidato puede resultar electo en primera ronda si supera el 40 % de los votos válidos. En caso contrario, se convocaría a una segunda vuelta.

Un escenario atípico: 22 candidatos y una oposición sin peso real

El proceso electoral de 2026 presenta una fragmentación inédita: 22 candidatos presidenciales inscritos, la mayoría sin estructura nacional, sin bancada legislativa sólida y sin respaldo significativo en las encuestas.

Según los últimos estudios de opinión pública, los candidatos opositores -incluidos Álvaro Ramos, Claudia Dobles, Ariel Robles y el resto de los aspirantes – no superan juntos el 7 % de intención de voto, una cifra que evidencia la debilidad real de la oposición y la ausencia de una alternativa competitiva.

Este dato rompe con la narrativa tradicional de contienda cerrada: no existe una disputa equilibrada, sino un proceso donde el oficialismo concentra claramente el respaldo electoral.

El Partido Acción Ciudadana (PAC): del poder a la irrelevancia

Uno de los elementos más significativos de esta elección es la desaparición práctica del Partido Acción Ciudadana (PAC) del escenario político nacional. El PAC, que gobernó el país durante dos administraciones consecutivas, no obtuvo diputaciones en la elección anterior, perdió su base electoral y quedó marcado por condenas judiciales relacionadas con fraude al TSE mediante información falsa. A ello se suma una deuda millonaria en colones que aún no ha sido saldada. Más para estas elecciones, se presenta bajo otra denominación – CAC- pero en el fondo sus dirigentes y principales líderes son del PAC. Es decir, más de lo mismo. Eso si, con distinto ropaje pero la misma ideología y propósitos.

En este contexto, la candidatura de Claudia Dobles, esposa del expresidente Carlos Alvarado, no representa una fuerza política nueva ni competitiva, sino el intento de reinsertar una estructura partidaria que fue castigada severamente por el electorado y que hoy carece de respaldo social real.

Laura Fernández y la posibilidad real de victoria en primera vuelta

En contraste con la atomización opositora, la candidata oficialista Laura Fernández lidera con claridad las encuestas más recientes, con un respaldo cercano al 46 %, cifra que la coloca por encima del umbral necesario para ganar en primera vuelta.

Este dato convierte la jornada electoral de hoy en una de las más previsibles de los últimos ciclos políticos, con una probabilidad real de que no sea necesario un balotaje.

La ventaja de Fernández no se explica únicamente por adhesión ideológica, sino también por el vacío opositor, la fragmentación extrema y el desgaste acumulado de partidos tradicionales y emergentes que no lograron articular una propuesta creíble.

Más que una elección, un termómetro político

Aunque Costa Rica mantiene una tradición democrática sólida, este proceso electoral deja al descubierto varios fenómenos relevantes: la crisis de los partidos tradicionales y recientes, el castigo electoral a gestiones pasadas, la dificultad de construir oposición real y la tendencia a elecciones con resultado anticipado. La jornada de hoy no solo define quién gobernará entre 2026 y 2030, sino que también mide el nivel de agotamiento del sistema partidario y plantea interrogantes sobre la representación política futura.

Cuando los “rivales” se juntan: la señal más clara del fin del bipartidismo

Uno de los hechos más reveladores —y menos subrayados— de esta campaña electoral ha sido la alianza informal y visible en la calle entre fuerzas que históricamente se presentaban como alternativas distintas: el Frente Amplio, Liberación Nacional y el llamado CAC, una estructura que en la práctica no es otra cosa que el PAC reempaquetado tras su colapso electoral y judicial.

La imagen se repite en distintas zonas del país: actividades proselitistas conjuntas, banderas mezcladas, caravanas con escaso respaldo ciudadano y discursos compartidos. No se trata de una coalición formal, sino de una puesta en escena política cuyo objetivo ha sido simular músculo electoral ante el evidente rechazo de la población hacia esas marcas partidarias.

El fenómeno tiene una explicación clara: por separado, no convocan.

Ni Liberación Nacional, desgastado tras más de 70 años de escándalos, clientelismo y ciclos de poder, ni el PAC – castigado electoralmente hasta su desaparición parlamentaria y con antecedentes judiciales – ni el Frente Amplio, identificado como una izquierda ideológica dura que muestran apoyo a Nicolas Maduro y el régimen venezolano, a Daniel Ortega en Nicaragua, Claudia Sheimbaum en México y ni que decir de su apoyo irrestricto al régimen cubano, logran hoy movilizar respaldo significativo por sí solos. La unión en la calle no revela fortaleza; revela debilidad compartida.

La percepción ciudadana: “son los mismos”

Lejos de fortalecerlos, esta convergencia ha tenido un efecto contrario en el electorado: ha confirmado una percepción ya instalada en amplios sectores de la ciudadanía costarricense: que, pese a sus etiquetas, representan el mismo bloque político.

Para muchos votantes, ver juntos a la izquierda tradicional, al centro histórico del PLN – PUSC y al PAC reciclado bajo nuevas siglas no transmite pluralidad, sino continuidad del mismo modelo político que la población viene rechazando desde hace años.

En lugar de presentarse como opciones diferenciadas, se mostraron como un solo frente defensivo, articulado no en torno a un proyecto común de país, sino a un objetivo compartido: intentar frenar el avance de Laura Fernández.

Una elección que puede cerrar una era

Este contexto explica por qué la eventual victoria de Laura Fernández tendría un significado histórico mayor: marcaría, por primera vez, el fin real del bipartidismo costarricense como opción política dominante.

No solo sería la derrota de partidos específicos, sino el cierre de un ciclo en el que Liberación Nacional y la Unidad Social Cristiana – con sus variantes y desprendimientos – concentraron el poder durante décadas.

La unión improvisada de sus antiguos adversarios ideológicos en esta campaña es, paradójicamente, la prueba más clara de que ese ciclo está llegando a su fin.

Más que una campaña: una señal del sistema

Lo ocurrido en las calles durante esta campaña no es una curiosidad electoral. Es un síntoma del agotamiento del sistema partidario tradicional, donde fuerzas que antes competían ahora se agrupan no por convicción, sino por supervivencia política.

Y cuando los partidos dejan de competir entre sí para defenderse juntos del electorado, el mensaje es inequívoco: el problema ya no es el adversario, es la ciudadanía.

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