*Laura Muñoz encontró en el INA un talento que desconocía y hoy lo comparte con personas con Síndrome de Down y otras discapacidades

Hay historias que reflejan el verdadero impacto de la educación técnica en la vida de las personas. No se trata únicamente de aprender un oficio o adquirir conocimientos para conseguir empleo. En ocasiones, una oportunidad de formación puede convertirse en el inicio de una cadena de cambios que termina beneficiando a toda una comunidad.

Ese es el caso de Laura Muñoz, una costarricense que descubrió su pasión por la cocina gracias a un curso del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) y que hoy dedica gran parte de su vida a enseñar panadería y cocina a personas con discapacidad.

Lo que comenzó como una matrícula en un curso de Panadería Popular en el año 2011 terminó transformándose en un proyecto de inclusión, emprendimiento y esperanza para decenas de personas.

Un talento que estaba esperando ser descubierto

Laura recuerda que fue gracias al impulso de su esposo que decidió matricularse en el INA de Zetillal de Goicoechea. En aquel momento no imaginaba que aquella decisión cambiaría el rumbo de su vida.

El curso de Panadería Popular le permitió desarrollar habilidades que hasta entonces desconocía poseer. Posteriormente emprendió su propio negocio y comenzó a construir una trayectoria ligada a la cocina y la panificación.

Sin embargo, el verdadero impacto de esa formación llegaría años después.

Desde 2019 trabaja en la Fundación “El futuro es de todos”, donde comparte diariamente los conocimientos adquiridos en el INA con personas con Síndrome de Down y otras discapacidades. “A mí me hablan del INA y el corazón se me quiere salir. Es una institución tan grande, importante y de renombre. Fue la que me abrió las puertas a este talento que yo no sabía que tenía en mis manos. Ahora transmito los conocimientos a mis estudiantes”, expresó emocionada.

La enseñanza como herramienta de inclusión

Actualmente Laura trabaja con 17 personas con discapacidad, a quienes capacita en habilidades relacionadas con cocina básica, panadería prelaboral y panadería laboral.

Para ella, cada clase representa mucho más que una lección técnica.

Significa abrir oportunidades de desarrollo personal, fomentar la independencia y fortalecer la autoestima de quienes participan en los programas de formación.

Incluso hoy continúa utilizando los apuntes y recetas que recibió durante su paso por el INA. Los conserva como una herramienta de trabajo y también como un legado que espera compartir con sus hijos en el futuro.

“Todo lo que aprendí allí es un tesoro”, afirma.

«Harina y Corazón»: un proyecto que genera oportunidades

Uno de los logros que más orgullo le genera a Laura es la creación del proyecto “Harina y Corazón”. La iniciativa nació con el propósito de convertir el aprendizaje en una experiencia productiva y real. Desde hace dos meses, cada viernes los participantes venden al público los productos elaborados durante la semana en los talleres de panadería. Los ingresos obtenidos son destinados directamente a las personas con discapacidad que participan en el programa.

Lo que comenzó con la venta de pan casero ha evolucionado rápidamente. Actualmente producen y comercializan una variedad de productos entre los que destacan: pan casero, pan de canela, palitos de queso, galletas, alfajores, productos de temporada. Según explica Laura, en una sola jornada pueden vender alrededor de 80 bolsas de productos. Más allá del beneficio económico, la iniciativa fortalece la confianza de los participantes y les permite experimentar el valor de su trabajo.

Una realidad que involucra a miles de costarricenses

La historia adquiere una dimensión aún mayor al observar las cifras nacionales. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discapacidad 2023, en Costa Rica viven aproximadamente 676.300 personas adultas con algún tipo de discapacidad. Detrás de esa cifra existen miles de historias de esfuerzo, superación y búsqueda de oportunidades.

Precisamente por ello, la capacitación técnica y la formación para el empleo representan herramientas fundamentales para promover la inclusión y reducir las barreras que históricamente han enfrentado muchas personas con discapacidad.

El INA y su compromiso con la inclusión

El presidente ejecutivo del INA, Edgar Oviedo Blanco, destacó que la atención de esta población continúa siendo una prioridad institucional. Según indicó, aunque se han logrado avances importantes, todavía existen miles de personas que buscan oportunidades de formación para incorporarse al mercado laboral.

“Aún quedan muchas personas costarricenses con discapacidad en busca de esa oportunidad de formarse para integrarse a la fuerza laboral del país. Somos conscientes de que el INA es una herramienta poderosísima que tiene el Estado costarricense para integrar a estas personas”, señaló.

El jerarca agregó que el objetivo es ampliar estas oportunidades a todas las regiones del territorio nacional.

Más de 25 años de apoyo especializado

El INA cuenta con el Servicio de Coordinación sobre Discapacidad (SECODI), un equipo interdisciplinario con más de 25 años de experiencia brindando apoyo y acompañamiento a estudiantes con discapacidad.

Este servicio ofrece asesoría relacionada con accesibilidad, apoyos educativos y procesos de inclusión dentro de los programas de formación.

Los resultados reflejan el alcance de este trabajo.

Entre 2022 y 2025, la institución brindó atención a 5.978 personas con discapacidad mediante cursos, certificación de conocimientos y acompañamiento personalizado para emprendimientos. Además, se realizaron ajustes en los requisitos de ingreso de 135 servicios de capacitación, ampliando las posibilidades de acceso para personas egresadas de tercer ciclo y educación diversificada.

Cuando la educación transforma más de una vida

La historia de Laura Muñoz demuestra cómo una oportunidad educativa puede multiplicar su impacto mucho más allá de quien recibe la capacitación inicial.

Lo que comenzó con un curso de panadería terminó generando oportunidades para personas con discapacidad, fortaleciendo procesos de inclusión social y creando espacios donde el aprendizaje se convierte también en autonomía y esperanza.

Cada receta enseñada, cada pan horneado y cada producto vendido representa una prueba de que la formación técnica puede convertirse en una herramienta poderosa para transformar vidas.

Porque cuando el conocimiento se comparte, su valor se multiplica.

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