*El cráter sufrió una erosión drástica durante la fase eruptiva que obligó a evacuar comunidades y trasladó a 1,699 personas hacia albergues. Aunque el coloso regresó a sus parámetros habituales, persisten los riesgos por lahares, ceniza y material acumulado. La memoria de la tragedia de 2018 explica por qué Guatemala decidió actuar antes de que fuera demasiado tarde.
Ciudad de Guatemala – 6 agosto 2026 – ADMX – El Volcán de Fuego dejó de rugir con la intensidad de las últimas horas, pero Guatemala todavía no puede apartar la mirada de sus laderas. Después de aproximadamente 50 horas de actividad, el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología confirmó el final de la fase eruptiva.
El coloso regresó a los niveles considerados habituales para su comportamiento; sin embargo, el cierre de esta etapa no significa que haya quedado inactivo ni que las comunidades cercanas estén completamente fuera de peligro.

La erupción dejó, además, una transformación visible: parte de la zona superior del cráter presenta una apariencia diferente. El boletín técnico del INSIVUMEH señala que el cráter fue sometido a procesos de erosión drásticos durante toda la erupción, lo que modificó su morfología.
La montaña cambió de rostro.
También cambió, durante algunas horas, la vida de miles de personas que debieron abandonar sus viviendas, refugiarse en albergues y esperar noticias mientras la ceniza, el fuego y las columnas de gases dominaban el cielo guatemalteco.
Una erupción que obligó a evacuar
La nueva fase eruptiva comenzó el lunes 3 de agosto. El INSIVUMEH había detectado cambios desde la tarde del domingo y emitió un boletín especial durante la madrugada.

Las primeras observaciones confirmaron corrientes de densidad piroclástica en el flanco oeste y una columna de ceniza que alcanzó aproximadamente 5,000 metros sobre el nivel del mar, con desplazamientos iniciales de unos 40 kilómetros. Las comunidades de San Pedro Yepocapa, en Chimaltenango, figuraban entre las zonas con mayor posibilidad de sufrir los efectos.
La situación se intensificó durante el martes.
El INSIVUMEH reportó emisiones continuas de gases, lava y ceniza, además de corrientes piroclásticas en las barrancas Seca, Taniluyá, Ceniza, Las Lajas y Honda. Estos flujos podían recorrer entre cinco y siete kilómetros y representaban la mayor amenaza inmediata para las comunidades cercanas, especialmente en los flancos oeste y suroeste.

Ante el incremento de la actividad, las autoridades elevaron a alerta roja los niveles de respuesta en Escuintla, Sacatepéquez y Chimaltenango. La Ruta Nacional 14 fue cerrada al tránsito ordinario para facilitar la evacuación de familias y el desplazamiento de los cuerpos de emergencia.
Las autoridades identificaron 18 comunidades bajo impacto directo, entre ellas Panimaché I y II, Morelia, Sangre de Cristo, Yepocapa, Ceilán, La Rochela, Quizaché, El Campamento, La Soledad, Santa María, El Zapote, Don Pancho, La Reina, Granja Toledo, La Candelaria, El Porvenir y Alotenango.
Evacuaciones casa por casa
La secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres, Claudinne Ogaldes, explicó que las evacuaciones no podían realizarse de manera coercitiva, debido a las disposiciones legales vigentes.

Los equipos debieron recorrer las comunidades casa por casa para convencer a los habitantes de abandonar temporalmente sus propiedades. Algunas familias se resistían a salir por temor a que delincuentes ingresaran en las viviendas desalojadas. Ante esa preocupación, la Policía Nacional Civil y el Ejército mantuvieron patrullajes en las comunidades evacuadas para proteger los bienes de la población.
El balance más reciente incorporado a esta cobertura reportó 1,699 personas alojadas en cinco albergues, mientras otros tres centros permanecían preparados para recibir a más familias. Los refugios fueron acondicionados con mobiliario, servicios básicos, alimentación caliente, atención institucional y personal de seguridad.

Las clases también fueron suspendidas en Escuintla, Alotenango y San Pedro Yepocapa. La medida alcanzó establecimientos públicos, privados, municipales, por cooperativa y extraescolares, con el propósito de proteger a estudiantes, docentes y familias.

Hasta el balance revisado no se reportaban víctimas mortales ni daños estructurales de consideración provocados por esta nueva erupción. La diferencia no radicó únicamente en la fuerza del volcán, sino en el momento de la respuesta: esta vez, Guatemala comenzó a evacuar antes de contar los muertos.
El cráter ya no luce igual
Durante las horas de mayor intensidad, la lava fue expulsada hasta unos 300 metros por encima del cráter, mientras el material volcánico descendía por diferentes barrancas.
Las imágenes tomadas después de la erupción muestran una modificación en la parte superior del volcán. De acuerdo con la evaluación técnica citada, la erosión causada por la expulsión continua de material alteró la morfología del cráter.

Esto no significa necesariamente que el edificio volcánico haya sufrido un colapso generalizado. El cambio se concentra en la zona del cráter, sometida durante 50 horas a explosiones, expulsión de lava, gases, ceniza y desprendimiento de material.
Las barrancas Seca, en el flanco oeste, y Ceniza, en el suroeste, concentraron algunas de las mayores acumulaciones de productos eruptivos. Esos depósitos constituyen ahora una de las principales preocupaciones, especialmente ante la presencia de lluvias.
Terminó la erupción, no las amenazas
El INSIVUMEH informó que el Volcán de Fuego regresó a su patrón habitual, el cual está caracterizado por explosiones débiles y moderadas, pulsos incandescentes y emisiones de gas y ceniza. Esta actividad puede continuar durante días o semanas, aunque sin alcanzar necesariamente la intensidad de la fase recién concluida.
Persisten tres amenazas principales
La primera son los lahares, flujos formados cuando el agua de lluvia se mezcla con ceniza, rocas y material volcánico acumulado. Pueden descender rápidamente por las barrancas y afectar comunidades, caminos, puentes y cultivos.
La segunda es la removilización de ceniza. Los fuertes vientos pueden levantar nuevamente las partículas depositadas en viviendas, carreteras, vehículos y terrenos agrícolas, reduciendo la visibilidad y afectando la calidad del aire.
La tercera es la dispersión de nueva ceniza producida por las explosiones habituales del volcán. Su trayectoria dependerá de la velocidad y dirección del viento.
La CONRED recomienda no cruzar ni permanecer en cauces durante el descenso de lahares, mantener preparada una mochila para 72 horas, identificar rutas de evacuación y seguir únicamente la información oficial del INSIVUMEH y del Sistema CONRED.
La fase eruptiva terminó, pero la emergencia no se apaga con un comunicado. El volcán bajó la voz; el riesgo todavía camina por sus barrancas.
2018: la herida que Guatemala no olvida
La movilización preventiva de 2026 no puede comprenderse sin regresar al 3 de junio de 2018. Aquella tarde, una violenta erupción del Volcán de Fuego arrasó sectores de San Miguel Los Lotes y El Rodeo, en Escuintla. Viviendas, vehículos, caminos y postes del tendido eléctrico quedaron sepultados bajo grandes cantidades de material volcánico.
Era una tarde que había comenzado como tantas otras.
Algunas personas se encontraban en sus viviendas. Otras todavía no regresaban del trabajo. Familias enteras realizaban sus actividades cotidianas sin imaginar que, en cuestión de minutos, tendrían que correr para salvar la vida.
Los flujos piroclásticos descendieron con una velocidad y temperatura capaces de arrasar cuanto encontraban a su paso. Un paisaje antes habitado quedó cubierto por una capa gris, mientras muchas personas quedaron atrapadas sin posibilidades de abandonar la zona.
El balance histórico recopilado para esta cobertura registra 201 personas fallecidas, 229 que nunca fueron localizadas y alrededor de 1.7 millones de damnificados. También reporta 186 viviendas destruidas completamente y 8,866 personas reubicadas.
Las cifras sobre la tragedia han presentado variaciones según el momento del recuento y la institución consultada. Más allá de esas diferencias, existe una certeza que ningún balance puede suavizar: fue una de las mayores catástrofes volcánicas de la historia reciente de Guatemala. Muchos sobrevivientes contaron que vieron desaparecer a familiares bajo el material volcánico sin poder auxiliarlos. Otros huyeron con sus hijos, dejando atrás viviendas y terrenos en los que sus familias habían vivido durante generaciones.
Una parte de las personas damnificadas fue trasladada posteriormente a la finca La Industria, donde el Gobierno construyó viviendas para las familias afectadas. Sin embargo, algunos residentes manifestaron inconformidad por el tamaño de los terrenos y las casas, menores que las propiedades perdidas en Los Lotes y El Rodeo.
La erupción de 2018 dejó muertes, desaparecidos y desplazamiento permanente. También obligó a fortalecer el monitoreo del Volcán de Fuego mediante una red más amplia de sensores sísmicos, infrasonido, cámaras y vigilancia satelital. La propia evaluación de 2026 destaca que hoy existe una población más sensibilizada y una mayor capacidad técnica para detectar cambios en la actividad.
Evacuar porque se recuerda
En 2026 hubo resistencia de algunas familias a dejar sus hogares. El temor al robo, la incertidumbre sobre el regreso y el apego a las pertenencias son comprensibles. Pero el antecedente de 2018 dejó una lección escrita con ceniza y dolor: frente a una corriente piroclástica, una vivienda puede reconstruirse; una vida, no.
Por eso las evacuaciones actuales no representan exageración ni alarmismo. Son la consecuencia de una memoria colectiva que todavía conserva los nombres, las fotografías y los silencios de quienes no lograron salir.
Guatemala no evacuó solamente por lo que el Volcán de Fuego estaba haciendo en 2026. Evacuó también por lo que ocurrió en 2018, cuando comunidades enteras quedaron sepultadas y la prevención no alcanzó a llegar a todos.
Una montaña distinta y un país más atento
El Volcán de Fuego terminó su fase eruptiva con una apariencia parcialmente modificada. Las familias esperan regresar a sus comunidades, las autoridades vigilan las barrancas y los científicos continúan leyendo cada señal emitida desde el interior del coloso.
La amenaza no desapareció, pero la respuesta fue diferente.
Hubo monitoreo, evacuaciones, albergues, cierre de carreteras, suspensión de clases y coordinación institucional. Hasta el último balance consultado, no fue necesario escribir una nueva lista de fallecidos.
Ese es el verdadero valor de la prevención: casi nunca produce imágenes tan espectaculares como una erupción, pero evita que el dolor vuelva a ocupar las portadas.
El volcán cambió su rostro después de 50 horas de fuego.
Guatemala también ha cambiado desde 2018. Aprendió que recordar no consiste únicamente en llevar flores a los muertos, sino en proteger a los vivos cuando la montaña vuelve a despertar.

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