*Las acusaciones de Stephen Miller contra las instituciones mexicanas, el expediente estadounidense contra Rubén Rocha Moya y la designación de nuevos cárteles como organizaciones terroristas colocan la relación bilateral ante una frontera peligrosa: cooperación necesaria, soberanía bajo presión y una crisis que México tampoco puede seguir negando.

Ciudad de México – 30 de julio 2026 – ADMX – La frase cayó desde el Pentágono, pero su eco cruzó de inmediato la frontera. Stephen Miller, subjefe de gabinete para Política y asesor de Seguridad Interior de la Casa Blanca, afirmó que en México los sistemas judicial, político y legal “no funcionan”. Atribuyó esa situación a la existencia de territorios controlados por organizaciones criminales capaces de matar, extorsionar o secuestrar a quienes obstaculicen sus intereses.

No habló en una reunión diplomática ni en un foro académico. Lo hizo durante la entrega de la Medalla por la Defensa de la Frontera Mexicana a 50 integrantes de las Fuerzas Armadas estadounidenses, en un acto encabezado por el secretario de Guerra, Pete Hegseth.

El escenario importa

No fue solamente un funcionario opinando sobre la crisis de seguridad de un país vecino. Fue un representante de la Casa Blanca hablando ante militares, en una ceremonia construida alrededor de los conceptos de frontera, invasión, defensa territorial y amenaza exterior. Durante el mismo acto, Miller comparó a los cárteles designados por Washington con el Estado Islámico y Al Qaeda. Aseguró que esas estructuras no solo introducen drogas en Estados Unidos, sino que también exportan organizaciones criminales cuyo propósito sería debilitar la democracia y acabar con el Estado de derecho estadounidense.

La declaración no puede despacharse como una simple provocación, más tampoco debe aceptarse como una verdad absoluta.

Exige separar tres elementos que suelen confundirse: la realidad del poder criminal en México, los intereses políticos de Washington y los límites que impone la soberanía nacional.

Una doctrina, no un exabrupto. Palabras de Miller no surgieron de la nada.

En marzo de 2026, durante una conferencia con mandos militares latinoamericanos, sostuvo que los cárteles “solo pueden ser derrotados con poder militar” y que ya no existe una solución exclusivamente policial o judicial para enfrentarlos.

Sus declaraciones hicieron explícito un giro en la política estadounidense: tratar a las organizaciones narcotraficantes no solamente como redes delictivas, sino como enemigos dentro de una estrategia de seguridad nacional.

Ese cambio también se refleja en las designaciones formales. El 16 de julio del presente año, el Departamento de Estado incorporó al Cártel de Juárez y a Los Viagras a la lista de organizaciones terroristas extranjeras. Ambas agrupaciones se sumaron a otras estructuras criminales mexicanas previamente incluidas por Washington en esa categoría.

La clasificación no es un adorno verbal.

Permite bloquear fondos, perseguir redes financieras y castigar penalmente a quienes proporcionen conscientemente recursos o apoyo material a las organizaciones designadas. La legislación estadounidense contempla penas de hasta 20 años de prisión y sanciones mayores cuando ese apoyo tenga como consecuencia la muerte de una persona.

Sin embargo, conviene establecer una frontera jurídica que el discurso político suele borrar: designar a un cártel como organización terrorista no constituye, por sí mismo, una autorización automática para ejecutar operaciones militares dentro de México.

Las normas citadas regulan la designación, el financiamiento y el apoyo material; una intervención armada requeriría una base jurídica distinta y enfrentaría problemas graves de derecho internacional y soberanía. Washington está ensanchando su caja de herramientas. Pero ampliar las herramientas no significa que todas puedan utilizarse legítimamente en cualquier territorio.

México no es un Estado inexistente. La afirmación de que todo el sistema mexicano “no funciona” es excesiva.

México conserva un Gobierno federal, elecciones, tribunales, Fuerzas Armadas, instituciones económicas y una relación comercial profundamente integrada con Estados Unidos. En mayo de 2026 continuaba siendo el principal socio estadounidense en comercio de bienes, con intercambios por aproximadamente US$87.200 millones solamente durante ese mes, equivalentes al 16,8 % del comercio exterior estadounidense.

En 2024, el intercambio bilateral de bienes y servicios había alcanzado los US$935.000 millones.

No se puede describir seriamente como un país donde nada funciona a una nación que sostiene una de las mayores cadenas productivas del mundo y que, al mismo tiempo, negocia con Washington asuntos industriales, agrícolas, laborales y tecnológicos.

Pero tampoco puede emplearse esa fortaleza económica para esconder las grietas institucionales. México no es un Estado fallido. Sin embargo, existen territorios y estructuras gubernamentales donde el crimen organizado ha logrado intimidar autoridades, penetrar corporaciones policiales, intervenir en mercados legales y condicionar decisiones políticas.

Negarlo por patriotismo sería tan irresponsable como utilizarlo para justificar una intervención extranjera. La soberanía protege a una nación frente a otros Estados. No debe utilizarse para proteger a funcionarios frente a la justicia.

El caso Rocha Moya: la acusación que golpeó al poder político

El expediente contra Rubén Rocha Moya representa el punto más delicado de esta crisis.

El 29 de abril de 2026, la Fiscalía Federal del Distrito Sur de Nueva York anunció una acusación contra Rocha Moya y otros nueve funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa, entre ellos el senador de Morena; Enrique Inzunza Cázarez, por presuntos delitos relacionados con narcotráfico y armas.

La lista incluyó integrantes del Gobierno estatal, mandos policiales, funcionarios ministeriales y autoridades municipales.

La acusación sostiene que habrían colaborado con el Cártel de Sinaloa para facilitar el tráfico de grandes cantidades de fentanilo, heroína, cocaína y metanfetamina hacia Estados Unidos, a cambio de dinero, protección y apoyo político.

En el caso específico de Rocha Moya, los fiscales estadounidenses afirman que la facción de Los Chapitos habría contribuido a su triunfo electoral de 2021 mediante intimidación y secuestro de adversarios.

A cambio, según la acusación, el entonces gobernador habría ofrecido protección a las operaciones criminales y permitido que esa facción actuara con impunidad en Sinaloa.

Estas afirmaciones son extraordinariamente graves, pero deben presentarse con la misma precisión que exige cualquier investigación seria: son acusaciones de la justicia estadounidense, no hechos demostrados mediante sentencia firme. El propio Departamento de Justicia advierte que todos los señalados deben ser considerados inocentes mientras no se pruebe su culpabilidad en un tribunal.

El 2 de mayo, el Congreso de Sinaloa concedió a Rocha Moya una licencia temporal y nombró a Yeraldine Bonilla Valverde gobernadora interina.

En su solicitud, Rocha manifestó confianza en las instituciones mexicanas y dijo que buscaba despejar cualquier duda sobre la legalidad de su conducta. Bonilla continuaba ejerciendo interinamente la gubernatura en julio.

El caso de Rocha Moya, es uno más dentro del largo historial de acusaciones contra funcionarios mexicanos, solamente que en esta oportunidad, la protección del gobierno mexicano para el gobernador con licencia y los otros acusados, además de abierta, es evidente y al mismo tiempo, cinica y descarada.

Washington no está señalando únicamente a un policía corrupto o a un alcalde remoto. Está acusando a una red que presuntamente habría alcanzado la gubernatura, la fiscalía estatal, cuerpos de seguridad y autoridades municipales. Por eso el expediente Rocha Moya constituye una prueba para ambos países.

Estados Unidos deberá presentar evidencia sólida, verificable y jurídicamente compartible. México deberá investigar sin convertir la soberanía en una muralla partidista. Una acusación extranjera no reemplaza la justicia mexicana, pero tampoco puede ser descartada simplemente porque resulte políticamente incómoda.

El dilema de Claudia Sheinbaum

La presidenta Claudia Sheinbaum respondió a Miller evitando una confrontación abierta. Aseguró que no entraría en debate con él, afirmó que “en México gobierna el pueblo” y defendió la existencia de resultados en materia de seguridad.

También vinculó el endurecimiento del discurso estadounidense con las elecciones legislativas de noviembre y pidió a Washington revisar su propia responsabilidad en el consumo y distribución de drogas, así como en el lavado de dinero.

Su posición refleja un dilema real.

Si acepta sin cuestionamientos las acusaciones estadounidenses, contra altos dirigentes de su propio partido, además de enermistarse con sus compañeros y amigos de partido, debilita la autoridad de las instituciones nacionales y abre la puerta a una tutela extranjera.

Si las rechaza antes de investigarlas, como lo está haciendo actualmente, corre el riesgo ante los Estados Unidos y el mundo entero, el de parecer más interesada en proteger a su movimiento político que en esclarecer posibles vínculos con el crimen organizado.

Si profundiza la cooperación con las agencias estadounidenses, enfrentará críticas internas por ceder soberanía. Además de esto, no olvidemos el cálculo politico que actos de esta naturaleza conlleva. Si la limita, Washington podría acusarla de falta de compromiso contra los cárteles. Es decir, está entre la espada y la pared.

No existe una salida cómoda. La política exterior rara vez ofrece sillones mullidos.

La respuesta más sólida no consiste en gritar más fuerte que Miller, sino en presentar resultados: investigaciones independientes, procesos judiciales creíbles, depuración policial, control territorial y castigo a cualquier funcionario que haya servido al crimen.

La mejor defensa de la soberanía es una justicia que funcione.

La responsabilidad estadounidense que tampoco puede ocultarse

Washington tiene razones legítimas para exigir acciones contra las organizaciones que introducen drogas en su territorio. La crisis del fentanilo ha provocado decenas de miles de muertes y la DEA considera a los cárteles de Sinaloa y Jalisco como proveedores fundamentales de esa sustancia ilícita.

Pero la cadena criminal no termina en la frontera: Estados Unidos aporta el mercado consumidor, redes internas de distribución, mecanismos financieros para lavar ganancias y armas que posteriormente aparecen en manos de organizaciones mexicanas.

Un informe de la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos determinó que, entre las armas recuperadas en México y sometidas a rastreo durante 2022 y 2023, 18.206 pudieron vincularse con compradores en Estados Unidos. La propia agencia advierte que los rastreos no representan la totalidad de las armas utilizadas en delitos, pero el dato confirma la existencia de un flujo relevante hacia el sur.

El consumo estadounidense no absuelve la corrupción mexicana. El tráfico de armas desde Estados Unidos tampoco convierte a los cárteles en víctimas.

Son responsabilidades simultáneas: México debe impedir que sus instituciones sirvan al narcotráfico. Estados Unidos debe perseguir con igual determinación el dinero, las armas y las redes que operan dentro de su territorio. Exigir únicamente hacia el sur es una estrategia políticamente cómoda, pero incompleta.

Seguridad y comercio: dos países que no pueden separarse

La tensión llega en un momento especialmente sensible. El 1 de julio, Estados Unidos decidió no renovar el T-MEC en su forma actual, aunque el acuerdo permanece vigente mientras continúan las negociaciones. Washington y México celebraron posteriormente una tercera ronda bilateral sobre automóviles, acero, aluminio, agricultura, trabajo, seguridad económica y servicios de pago electrónico.

Esto revela la paradoja central de la relación: mientras una parte del Gobierno estadounidense describe a México como un territorio amenazado por organizaciones terroristas, otra negocia con el mismo país la continuidad de una de las integraciones económicas más importantes del planeta. La frontera es presentada como una línea de defensa militar, pero también es atravesada diariamente por componentes industriales, alimentos, energía, inversiones y millones de empleos.

México y Estados Unidos pueden desconfiar uno del otro. Lo que no pueden hacer es fingir que no se necesitan.

Lo que verdaderamente está en juego

La disputa no consiste solamente en decidir si Stephen Miller exageró.

La pregunta de fondo es quién tendrá autoridad para definir el problema mexicano y, después, imponer la solución. Washington habla de terrorismo, fuerza militar y defensa nacional. México responde con soberanía, cooperación y responsabilidad compartida.

Entre ambos discursos, los cárteles continúan traficando, reclutando, corrompiendo y asesinando.

Miller toca una herida real cuando habla del dominio criminal sobre determinadas zonas. Pero convierte esa herida en propaganda cuando extiende el diagnóstico al conjunto del sistema mexicano y omite las responsabilidades de su propio país.

México, por su parte, tiene razón al rechazar cualquier intento de subordinación. Pero perdería autoridad moral si invocara la soberanía para evitar investigaciones sobre funcionarios señalados con pruebas judiciales.

La ruta seria y coherente, no está en el sometimiento ni en la negación. Está en la cooperación con límites claros; en el intercambio de inteligencia sometido a controles; en investigaciones mexicanas independientes; en procesos estadounidenses sustentados con evidencia; en el combate al lavado de dinero, al tráfico de armas y a las redes de distribución; y en el reconocimiento de que ningún partido, gobernador o funcionario puede colocarse por encima de la ley.

La soberanía no debe convertirse en refugio de la impunidad, pero la seguridad tampoco puede transformarse en permiso para la intervención

México necesita limpiar sus instituciones sin obedecer órdenes extranjeras. Estados Unidos necesita combatir sus propias redes criminales sin tratar a su vecino como territorio subordinado. Esa es la frontera que ambos gobiernos deben defender.

No la que se dibuja únicamente con muros y soldados, sino la que separa la justicia de la propaganda, la cooperación de la imposición y la firmeza del abuso.

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